El arte como idea, la
tentativa de Gustavo Díaz Sosa Dr. Rafael Acosta de Arriba. Premio Nacional de la Crítica 2011. Havana, Cuba.
En los años 2000 y
2001 inauguré las dos primeras exposiciones de Gustavo Díaz Sosa cuando aún era
estudiante de la Academia de Arte San Alejandro. Poco después se graduó con
título de oro. Estoy hablando de un joven de 17 años en el que se vislumbraba
el talento, pero que, por encima de cualquier otra consideración sobre su
persona, mostraba una gran pasión por la pintura. Ha transcurrido una década y
lo del talento ya es verificable en una obra que crece exposición tras
exposición en España y el resto del Europa, on una veintena de premios y
menciones, y con piezas que integran importantes colecciones internacionales.
Sigue siendo joven, por supuesto,
aunque acercándose peligrosamente a la categoría de temba*, pero joven aún y después de nuestro reencuentro, al cabo de años sin
vernos, puedo repetir lo mismo: sigue siendo un apasionado del arte.
Sin pretender pose
de profético, pero tampoco evitando la satisfacción que me proporcionó revisar
las palabras escritas entonces y el chispazo anticipador, leeré solo un párrafo
de aquel texto que titulé Pintar el tiempo, ¿un imposible? Dije así:
“Gustavo nos habla
de un tiempo otro, de un espacio que habita en una
dimensión particular, la de su fantasía. Ese es su tiempo artístico, el de
estos cuadros salidos de pasajes avérnicos,
tormentoso, imágenes silenciosas mas no frías, arquitecturas de un sufrimiento
muy pesado para la edad de su gestor
(…) Pintar el tiempo, vaya quimera y, sin embargo, Gustavo nos muestra
un camino hacia esa desmesura”.
Eran unas imágenes
en las que el aliento surrealista habitaba dentro de unas estructuras
fantasmagóricas, como descolocadas de cualquier ubicación espacial y temporal,
algo que no se correspondía ciertamente con la edad de su autor. Pero allí
estaban aquellos cuadros de gran formato que me obligaron a pensar un texto que
los acompañara dignamente como presentación crítica.
Ahora todo es más
complejo a la hora de pensar sobre su obra. El discurso ideo-estético de estas
piezas se ha espesado, la obra se hace más críptica como signo y las ideas que
la sostienen hay que buscarlas en su espectro que se corresponde con la mayor cultura
del artista y con sus actuales preocupaciones intelectuales.
Revisé varios
catálogos de sus muestras en España en los últimos años y escogí estas sucintas
apreciaciones de los críticos que escribieron para los mismos. Es útil
leerlas de conjunto. Serafín Lazón
dice que su obra: “No es una oda a la masa, es la crónica de cómo vive nuestro
tiempo una alienante masificación”. Fernando Golvano, al referirse a otra zona
de su trabajo dice: “Esos paisajes desérticos, carentes en la mayoría de las
veces de huellas humanas…son algo más que imágenes distópicas, antes bien:
evocan una inquietud por el desierto nihilista que expande su presencia real”.
Ilia Galán es sustancioso cuando afirma que, “En estos tiempos en los que la
banalidad y la repetición se han hecho sueños del arte, resulta esperanzador
hallar un autor del que, como Kierkegard, nunca podremos decir que es
superficial”.
Y su hermano menor
Marcos Antonio ha escrito igualmente hermosas palabras sobre la fe y la pasión del
trabajo de Gustavo. Por cierto, excelentes catálogos todos, testimonios de las
muestras que representan. Sí, es cierto, el tema tiempo transmutó en una
percepción antropológica o más bien humanista que no cede en densidad
metafísica, sino que se expresa en un anclaje más terrenal, a pesar de que
algún crítico se plantee una metáfora religiosa con su obra, lo que tampoco
queda descartado.
Es una obra plena
de un misticismo en copulación permanente con la razón. Los graffitis o frases que rondan a varias de estas piezas nos hablan de una voluntad
de acudir al lenguaje otro para reafirmarse. Las
masas son la gran protagonista de “La muchedumbre de los mercados o la sed de
los que no quieren ver”, y ello se hace evidente al observar a los hombrecito
organizados en fila o pulsando entre sí, o perdidos y desorientados. Pienso de
inmediato en aquel exégeta del desasosiego como lo fue Fernando Pessoa,
defensor a ultranza de la intimidad del anacoreta, o también en Antonio
Machado, otro poeta inmenso, que sometió a crítica el concepto de masa en los
terribles días de la Guerra Civil Española. O pienso también en el escritor
cubano Carlos Alberto Montenegro que utilizando la población penal en su mejor
novela como metáfora de la humanidad escribió: “Es posible que en cada hombre
no haya una res – asegurarlo sería exponerse a que muchas reses lo embistieran
a uno–, pero es indudable que en toda multitud está latente el alma del rebaño,
de la manada clamando por el guía”.
Igualmente Tania
Brugueras con su obra performática La isla en peso,
y Fernando Pérez en su excelente película Madagascar, hicieron profundos exámenes críticos de las multitudes. Sin embargo,
la aproximación de Gustavo para ser más abarcadora, menos hostil, quizás
dándole a las multitudes un margen mayor de funcionalidad social. De cualquier
manera, como diría un clásico de estos tiempos, que cada cual saque su propia
conclusión.
Estamos ante una muestra interesante, compleja
en su expresividad, pero agradable en la composición plástica, a ratos acuciosa
a ratos desenfadada. Óleos, dibujos, esculturas, papeles pegados a las telas,
frases, signos, imágenes, todo en una hibridación creativa que marca el estilo
del arte de nuestro artista.
Lo felicito de nuevo con la certeza de que su camino en el muy competitivo,
duro, sacrificado y preñado de obstáculos que es el arte contemporáneo, está
trazado.
Muchas gracias
Dr. Rafael Acosta de Arriba. La Habana, a junio de 2011
* temba: término en lenguaje
coloquial cubano para referirse a la gente de avanzada edad.